De lobos y corderos

Me gusta la noche y me gustan los lobos. Pero los auténticos, los que aúllan a la luz de la luna.

Aunque somos diferentes, nos miramos y nos sentimos, no hace falta hablar para entendernos. Incluso nos ayudamos si estamos en peligro.
Y nunca, jamás de los jamases, sobrepasamos los límites del otro. Siempre gobierna el respeto.

Me gusta la noche y me gustan los lobos.
Me siento segura caminando entre lobos.

De día no veo ningún lobo, pero sí muchos monstruos… disfrazados de corderos.

©Flora Rodríguez

Al unísono

Él es capaz de detener el tiempo… y el mundo, la vida, la historia, el pensamiento… Silencia el imponente todo.

Y en la más absoluta nada, puedo oír su alma y la mía… al unísono.

©Flora Rodríguez

Nunca olvides de dónde vienes

Alguien me dijo una vez: Nunca olvides de dónde vienes.
Y, ¿de dónde vengo?, le pregunté.

Ante tal pregunta, quedó mirándome por unos instantes y regaló una de las sonrisas más hermosas que jamás había visto; una que, yo diría, no era por mí. Creo que en aquel momento pude recordarle a alguna persona o, quizás, el lugar de donde él venía porque marchó sin decir nada más.

A veces, pienso que yo también busco una mirada, aquella que me recuerde de dónde vengo, los ojos que me digan… dónde está mi hogar.

©Flora Rodríguez

Te amo

Pasas por mí como un huracán, dejándome en una vorágine de sentimientos donde no puedo articular palabras, ni hacer más que dejarme arrastrar por ese torbellino de emociones, espirales desenfrenadas que me elevan hacia los cielos, o hacia el mismísimo infierno. El universo… al alcance de mi latido, contigo, ese que tú bombeas.

Pero a más alcanzo, más te deseo. Y es en esa necesidad de ti, en esa apetencia de tu ser mortal, donde comienza a faltarme el aire, a nublárseme los sentidos al no poder sentir tu aliento o el tacto de tu piel. No existe nada que borre o calme ese tormento. No hay raciocinio, ni locura que me sostenga. Caigo mientras me ahogo y mientras caigo desquiciada, ruego y suplico por que sea un sueño y me despierte a tu lado.

Y en medio de esa vorágine, asfixia y caída en picado, lo único que mis labios pueden llegar a decir es: Te amo.

©Flora Rodríguez

La(s) carta(s)

No sé cómo ni por qué empezó. Tampoco recuerdo el tiempo, cuánto, que llevábamos con aquella baza. Solo sé que siempre estaba por aquí él y allá yo, o yo por acá y él por la banda. Movimientos sinuosos y más que furtivas miradas. ¿Suspiros de farol? Me estaba hartando de tanto juego y de tanto lenguaje que nada «lenguaba». Sobre la mesa puse las cartas.

Y mi ropa.

Y yo encima de la ropa.

©Flora Rodríguez

Lo humano

… y siento que estamos abandonados por nosotros mismos. Y me pregunto en qué momento a la humanidad dejó de importarle lo humano.

Y, ¿qué es lo humano?, me preguntarías tú.

Y te diría que, por ejemplo… una charla como esta.

©Flora Rodríguez

¿Después?

Después de todo el tren, el aire y los vuelos. Después de las tormentas, los desastres y caídas. Después de ver pasar, una a una, las estaciones. ¿Qué hay después?, me preguntó, mirando al acantilado.

¿¿Después?? Más vida, respondí, mirándolo de frente.

©Flora Rodríguez

Un milagro de vida

Dejando aparte el olor a putrefacción, el cual es inevitable, y el cerebro, donde la irrigación sanguínea jamás volverá a ser la misma, algo incluso ventajoso, dos cadáveres enamorados es una de las maravillas más hermosas de este mundo. He ahí… un milagro de vida.

©Flora Rodríguez