Ángela

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Intento recuperar la cordura de un tiempo, no tiempo, que aún vive. Me sumerjo en su oceáno y abro sus aguas. Tanto sufrimiento… Giro mi cabeza a ambos lados y sigo viendo su azul, pero ahora sé que no son más que dunas de arena. Cielos que nunca fueron e infiernos vomitando sangre, sin entender…

El frente está nublado y, por más que miro, no logro acercarlo. Y atrás… ¿qué fui atrás?

-¡Ángela! ¡Ángela! – se acerca a mí corriendo y sujeta mis hombros- Pero, ¿qué te pasa?¿no me oyes?

-Disculpa, he de ir al baño.

Recorro el pasillo del centro comercial en dirección a los aseos. Sé que están al fondo y a la izquierda. Es como un saber que he estado, pero sin saber dónde. Un espejismo vivido dentro los cuales mis pasos han caminado sin ver realmente el camino. Por algún motivo, algunas tiendas me llaman la atención. Me detengo a observar los escaparates, fijándome en la ropa, los tejidos y sus colores. Se asemejan a las que están en mi armario.

Es difícil perder algo esencial. Pero aún más difícil es asimilar que lo que te falta… nunca lo has tenido. Todo se construye y se transforma a raíz de eso inexistente. Con cambios sobre la base y su extensiones, que aunque en mi sí ha sido, y es, pero ha crecido y me ha mutado con esa otra parte de inexistencia… con una mentira, núcleo nervio de todo, que se me ha hecho ver como si fuera la verdad, durante demasiado tiempo.

Tanta ha sido mi lucha en vano… ¿Qué parte de mí ahora es real? ¿Queda algo?

Y sigo vomitando…

Entro en los baños e introduzco mi mano en el pantalón. Saco el carnet de identidad: Ángela. Observo la foto y me miro al espejo.

Sí,  se parece a mí… Soy yo.

©Flora Rodríguez

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