Ante el cristal

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Cuando la esencia es masacrada
y el último resquicio de luz se extingue,
los horizontes se quedan sin orillas,
agonizan y mueren de hambre.

La respiración no es más que un instinto,
acto que se convierte en inútil.
Lo válido se ahoga en el silencio.

Las entrañas se van secando sin el aire,
al ausentarse los gritos,
porque la boca se inunda
con un constante regurgitar del dolor
abrazado entre coágulos y hojarasca.

La muralla se eleva a los submundos
y el alma se traslada a los espejos.

Ante el cristal, tan solo deja las huellas,
los fragancias fósiles,
el aroma de unos claros antecedentes.

©Flora Rodríguez

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