A dos metros

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Impávida boca dirigiendo mis manos,
un peligroso orbe de soldados inquietos,
domando a un ejército de excelso apetito,
ahogando la palabra, gobernando el fuego.

A dos metros, goza al observar
las táctiles maniobras de los fieles guerreros
sometidos a su voz, rendidos a la excitación
de sus tórridos mandatos.

Unos instantes antes del ansiado estallido,
ordena la retirada exacerbando a la legión.

Sublime explosión…
el mutuo y divino placer
en la rebeldía.

©Flora Rodríguez

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